Sanidad vegetal del cultivo de arándano

Sanidad vegetal del cultivo de arándano

En el arándano, la sanidad vegetal define el techo productivo, no como complemento sino como condición estructural del sistema. La interacción entre patógenos, plagas y el microambiente radicular altera la fisiología, reduce área fotosintética y desvía asimilados hacia respuestas defensivas, con impacto directo en rendimiento y calidad.

El control sanitario eficaz integra prevención, monitoreo y decisiones basadas en umbrales, porque la supresión tardía solo administra daños. Suelos con adecuada microbiota, agua libre de inóculo y tejidos equilibrados en nutrición limitan infecciones y estabilizan la fenología, sosteniendo cuaja y llenado de fruto bajo estrés climático creciente, manteniendo vigor y uniformidad productiva en sistemas intensivos.

Plagas

La sanidad vegetal del arándano en México se define, en la práctica, por la relación directa entre presión de plagas, estabilidad fisiológica de la planta y consistencia del rendimiento comercial. En sistemas intensivos —macrotúnel, sustrato o campo abierto tecnificado— el arándano opera en un equilibrio delicado: tejidos tiernos, crecimiento continuo y alta demanda metabólica. Bajo estas condiciones, las plagas no son un evento ocasional sino una fuerza estructural que moldea la productividad. Ignorarlas no reduce costos; los multiplica, porque cada punto porcentual de daño se traduce en fruta fuera de especificación, mayor descarte y pérdida de vida de anaquel.

El impacto productivo no es homogéneo. En México, con regiones productoras que van de climas templados a subtropicales, la presión biótica se comporta como un gradiente dinámico. Plagas chupadoras dominan en etapas vegetativas tempranas, mientras que insectos que dañan fruto se vuelven críticos conforme avanza la maduración. Esta secuencia no es casual: responde a la fenología del cultivo y a la disponibilidad de nichos ecológicos creados por el propio manejo agronómico. Así, hablar de plagas en arándano implica entender procesos, no solo identificar organismos.

Complejo de plagas chupadoras y su efecto fisiológico

Los áfidos (Aphis gossypii, Myzus persicae), la mosca blanca (Bemisia tabaci) y los trips (Frankliniella occidentalis) conforman el núcleo de las plagas chupadoras. Su daño va más allá de la extracción de savia. Al alterar el balance hormonal y la conductancia estomática, inducen estrés crónico que reduce la eficiencia fotosintética. Estudios recientes en sistemas protegidos del centro y occidente de México muestran reducciones de entre 8 y 15% en crecimiento vegetativo cuando las poblaciones superan los umbrales técnicos durante más de dos semanas consecutivas.

La melaza excretada por áfidos y mosca blanca genera un microambiente propicio para fumagina, disminuyendo la intercepción de luz y afectando la translocación de fotoasimilados. El resultado es un follaje funcionalmente envejecido antes de tiempo. En arándano, donde la renovación foliar es clave para sostener floraciones escalonadas, este envejecimiento anticipado compromete directamente el número de yemas fértiles. El efecto es silencioso pero persistente: menos flores viables hoy significan menos fruta exportable mañana.

Los trips, por su parte, operan como un factor de distorsión estética y fisiológica. El daño en brotes y flores interfiere con la polinización y provoca cicatrices en fruto que, aunque no siempre reducen peso, sí degradan la calidad comercial. En mercados de alto estándar, una incidencia superior al 3% de fruta con daño visible puede disparar rechazos completos de lotes. Aquí la sanidad deja de ser un asunto técnico y se convierte en una variable económica directa.

Plagas que afectan directamente al fruto y al rendimiento comercial

Si las plagas chupadoras erosionan el potencial productivo, los drosófilidos, en particular Drosophila suzukii, atacan el corazón del negocio: el fruto cosechable. Su oviposición en fruta en envero y maduración genera colapsos tisulares que inutilizan el producto para consumo en fresco. En regiones productoras del norte y centro de México, monitoreos de 2023 y 2024 reportaron pérdidas de 10 a 20% del rendimiento comercial en huertos sin estrategias de exclusión física o manejo integrado riguroso.

La gravedad de D. suzukii no reside solo en el daño directo, sino en su velocidad reproductiva y capacidad de adaptación. Cada generación puede completarse en menos de dos semanas bajo condiciones favorables, lo que convierte cualquier retraso en el control en una escalada exponencial del problema. Además, la fruta dañada actúa como foco secundario para patógenos oportunistas, elevando el descarte incluso después de la cosecha. El impacto se extiende a la logística y al cumplimiento de protocolos fitosanitarios de exportación.

Otros insectos, como gusanos trozadores (Agrotis spp.) y escarabajos defoliadores, suelen subestimarse por su aparición episódica. Sin embargo, en etapas tempranas de establecimiento, su daño puede reducir la densidad efectiva de plantas y generar heterogeneidad estructural en el huerto. Esa heterogeneidad, a su vez, dificulta el manejo fitosanitario posterior, creando refugios microclimáticos donde otras plagas prosperan. El sistema se vuelve más complejo, menos predecible y más costoso de sostener.

Interacción entre manejo agronómico, clima y presión de plagas

La presión de plagas en arándano no es independiente del manejo. Altas dosis de nitrógeno, especialmente en formas nítricas, incrementan la suculencia de los tejidos y elevan la atracción para insectos chupadores. Del mismo modo, esquemas de riego que generan humedad foliar persistente favorecen la supervivencia de estados inmaduros de varias especies. El clima actúa como modulador, pero el manejo decide si ese clima se traduce o no en un problema fitosanitario.

En México, el incremento de temperaturas medias y la reducción de eventos de frío consistente, observados entre 2023 y 2025, han ampliado las ventanas de actividad de varias plagas. Esto obliga a replantear calendarios de monitoreo y a abandonar la idea de “temporadas libres de plagas”. La sanidad del arándano se mueve hacia un modelo de vigilancia continua, donde la detección temprana es más valiosa que cualquier intervención curativa tardía.

El manejo integrado de plagas emerge aquí no como una consigna, sino como una necesidad operativa. La combinación de monitoreo sistemático, control biológico funcional y uso estratégico de herramientas químicas selectivas permite sostener poblaciones por debajo del umbral económico. Cuando este enfoque se implementa de forma consistente, ensayos comerciales recientes muestran incrementos de 12 a 18% en rendimiento comercial respecto a esquemas reactivos basados únicamente en aplicaciones calendarizadas.

La sanidad vegetal del arándano, observada desde la óptica de las plagas, revela una verdad incómoda pero clara: el rendimiento no se pierde en un solo evento catastrófico, sino en una suma de decisiones pequeñas, repetidas y mal alineadas con la biología del cultivo y de sus antagonistas. Entender esa dinámica no garantiza el éxito, pero ignorarla asegura el fracaso, con una precisión casi matemática.

Enfermedades

La sanidad vegetal del arándano en México se ha convertido en un eje técnico decisivo para sostener rendimientos competitivos bajo esquemas intensivos, particularmente en sistemas en maceta y sustrato, donde el equilibrio fisiológico de la planta es frágil y cualquier disrupción sanitaria se amplifica con rapidez. El cultivo de arándano se desarrolla en un entorno edáfico y climático que, si bien permite ventanas productivas estratégicas para exportación, también favorece la presión constante de enfermedades fúngicas, bacterianas y de origen complejo, cuya interacción con el manejo agronómico define el éxito o el fracaso del ciclo productivo.

La dinámica sanitaria no responde a eventos aislados, sino a procesos acumulativos donde la predisposición de la planta, el microclima del dosel y la calidad del material vegetal determinan la expresión del daño. En México, la expansión acelerada del cultivo desde 2015 ha incrementado la incidencia de patógenos emergentes y reemergentes, con impactos directos en rendimiento comercial, vida postcosecha y longevidad de las plantaciones, obligando a replantear los programas fitosanitarios desde una lógica preventiva y no reactiva.

Enfermedades radiculares y del cuello: el límite invisible del rendimiento

Las enfermedades del sistema radical representan el principal factor de pérdida estructural del cultivo, porque afectan la capacidad de absorción de agua y nutrientes, reducen el vigor vegetativo y alteran la inducción floral. En condiciones mexicanas, Phytophthora cinnamomi y Phytophthora megasperma son los agentes más destructivos, especialmente en suelos mal drenados o en sustratos con saturación prolongada. La infección se manifiesta como marchitez progresiva, clorosis generalizada y colapso de brotes, síntomas que suelen confundirse con deficiencias nutricionales, retrasando el diagnóstico y agravando el daño.

El impacto productivo de la pudrición radical es contundente: reducciones del 20 al 50% del rendimiento esperado en el segundo año posterior a la infección, con mortalidades parciales o totales en plantas jóvenes. Este efecto se acentúa en variedades de alto vigor vegetativo, donde el desbalance entre parte aérea y raíz acelera el estrés hídrico. A ello se suma la presencia de Fusarium oxysporum y Rhizoctonia solani, patógenos oportunistas que colonizan raíces debilitadas y profundizan el deterioro fisiológico.

La gestión sanitaria de estas enfermedades no admite soluciones simplistas. El uso de sustratos con adecuada porosidad, la monitorización continua de conductividad eléctrica y potencial hídrico, así como la rotación de ingredientes activos con distinto modo de acción, son prácticas obligatorias. La incorporación de microorganismos antagonistas ha mostrado efectos positivos, pero su eficacia depende de la estabilidad del sistema y de una nutrición ajustada que evite excesos de nitrógeno amoniacal, conocido por aumentar la susceptibilidad radicular.

Enfermedades foliares y de madera: cuando el daño se acumula en silencio

En la parte aérea, las enfermedades foliares y de madera operan como una erosión constante del potencial fotosintético y de la arquitectura productiva. Colletotrichum gloeosporioides, agente causal de la antracnosis, es una de las patologías más extendidas en regiones productoras del centro y occidente del país. Su capacidad de permanecer latente en tejidos vegetativos y activarse bajo condiciones de alta humedad convierte al patógeno en un adversario persistente, con infecciones que afectan hojas, brotes tiernos y frutos en formación.

La antracnosis reduce el área foliar funcional, incrementa la defoliación prematura y compromete la acumulación de reservas carbonadas, lo que se traduce en calibres menores y menor número de yemas florales viables para el siguiente ciclo. En parcelas con manejo deficiente, las pérdidas indirectas pueden superar el 30% del rendimiento proyectado, aun cuando el daño visible en fruto sea limitado.

En paralelo, las enfermedades de madera causadas por Botryosphaeria dothidea, Lasiodiplodia theobromae y Neofusicoccum spp. han ganado relevancia en plantaciones adultas. Estas infecciones ingresan principalmente por heridas de poda mal cicatrizadas, generando cancros, necrosis vascular y muerte regresiva de ramas. El problema no es inmediato, sino acumulativo: cada brazo productivo perdido reduce la capacidad estructural del arbusto y obliga a podas de renovación que impactan el volumen cosechable durante varias temporadas.

La prevención aquí es una disciplina técnica, no una recomendación genérica. La sanidad de herramientas, la poda en condiciones de baja humedad relativa y la protección inmediata de cortes con formulaciones fungicidas o selladores biológicos son prácticas que definen la diferencia entre una plantación longeva y una de reemplazo temprano.

Enfermedades del fruto y su impacto en la calidad comercial

El fruto del arándano, aunque pequeño en tamaño, concentra una alta proporción del valor económico del cultivo, por lo que las enfermedades que lo afectan tienen un peso desproporcionado en la rentabilidad. Botrytis cinerea, causante de la pudrición gris, se establece desde floración y permanece quiescente hasta la maduración, momento en que coloniza tejidos debilitados por microlesiones o desequilibrios nutricionales. En ambientes con alta densidad de follaje, la enfermedad se disemina con rapidez, afectando racimos completos.

Las pérdidas asociadas a Botrytis no se limitan al descarte en campo. El daño latente se expresa durante la cadena de frío, reduciendo la vida de anaquel y generando rechazos en destino. En ciclos con primaveras húmedas, la merma comercial puede oscilar entre 10 y 25%, incluso con programas fungicidas activos, si el manejo cultural no acompaña.

La antracnosis del fruto, también vinculada a Colletotrichum spp., adquiere especial relevancia en variedades tempranas destinadas a exportación aérea. Los síntomas aparecen como lesiones hundidas y exudados anaranjados, incompatibles con estándares de mercado. Aquí, la sincronización entre protección fitosanitaria y estado fenológico es crítica, ya que aplicaciones tardías tienen un efecto marginal frente a infecciones ya establecidas.

El control de enfermedades del fruto exige una visión integral que combine ventilación del dosel, manejo preciso del riego, calcio funcional en tejidos y estrategias químicas rotadas para evitar resistencia. La experiencia reciente en México muestra que los esquemas basados exclusivamente en fungicidas pierden eficacia si no se corrigen los factores predisponentes que convierten al fruto en un hospedero vulnerable.

En conjunto, las enfermedades del arándano en México no actúan como episodios aislados, sino como un sistema interconectado de presiones biológicas que dialogan con el manejo agronómico. Entender esa interacción, con rigor técnico y sin concesiones, es lo que permite sostener rendimientos altos, fruta de calidad exportable y plantaciones que superen el umbral crítico de rentabilidad a largo plazo.

Malezas

La sanidad vegetal del arándano se define tanto por la ausencia de patógenos como por el control efectivo de organismos que compiten de forma silenciosa pero persistente. Entre ellos, las malezas representan uno de los factores más subestimados en los sistemas productivos de arándano establecidos en México. No actúan como un evento abrupto, sino como una presión crónica que erosiona el potencial productivo, altera la fisiología del cultivo y modifica el equilibrio edáfico. Su impacto no es anecdótico: en sistemas sin manejo, las pérdidas de rendimiento pueden superar el 30%, especialmente durante los dos primeros años de establecimiento, cuando la arquitectura radical del arándano aún es limitada y altamente vulnerable.

La particularidad del arándano radica en su sistema radical superficial, con raíces finas, sin pelos absorbentes funcionales y con una dependencia crítica de la micorrización ericoide. Esta condición convierte a la planta en un competidor débil frente a especies arvenses con alta tasa de crecimiento, mayor eficiencia en absorción de nitrógeno y agua, y una agresiva colonización del espacio radicular. Así, la presencia de malezas no solo reduce recursos disponibles, sino que interfiere directamente con los procesos fisiológicos que sostienen la productividad del cultivo.

Ecología competitiva de las malezas en arándano

Las principales malezas asociadas al arándano en México responden a la interacción entre clima, tipo de sustrato y sistema de producción. En regiones productoras como Jalisco, Michoacán y Sinaloa, donde predominan esquemas intensivos en maceta o camas elevadas, las arvenses más problemáticas pertenecen a familias con alta plasticidad ecológica. Cyperus rotundus, Amaranthus hybridus, Portulaca oleracea y Echinochloa colona destacan por su capacidad de germinar en condiciones de baja profundidad y alta humedad, justo donde se concentra la rizosfera del arándano.

En sistemas a cielo abierto, especialmente en suelos ácidos acondicionados, se suman especies perennes como Conyza canadensis y Digitaria sanguinalis, cuyo ciclo biológico coincide de forma incómoda con los picos de demanda nutricional del cultivo. La competencia no es homogénea ni constante; se intensifica durante los periodos de brotación y expansión foliar, cuando la planta prioriza el crecimiento vegetativo y la diferenciación floral. En este punto, incluso densidades moderadas de malezas pueden provocar reducciones medibles en número de brotes, longitud de entrenudos y área foliar funcional.

Más allá del consumo directo de recursos, la presencia de malezas modifica el microclima del cultivo. Incrementan la humedad relativa cerca del dosel basal, reducen la circulación de aire y favorecen la persistencia de condiciones que facilitan enfermedades secundarias. Además, actúan como reservorios de insectos vectores y hospedantes alternos de fitopatógenos, creando un puente epidemiológico que compromete la sanidad integral del sistema.

Principales malezas y su impacto productivo

Cyperus rotundus merece una atención particular. Su sistema de rizomas y tubérculos le confiere una capacidad de regeneración que desafía los controles mecánicos convencionales. En arándano, su impacto va más allá de la competencia directa: los rizomas invaden el volumen radicular efectivo, alteran la estructura del sustrato y dificultan la uniformidad del riego por goteo. Estudios recientes en sistemas intensivos reportan disminuciones de hasta 18% en peso promedio de fruto cuando la infestación supera las 15 plantas por metro cuadrado.

Amaranthus hybridus y Amaranthus palmeri, frecuentes en regiones cálidas, destacan por su eficiencia fotosintética tipo C4, lo que les permite crecer de forma explosiva bajo altas temperaturas. Su consumo de nitrógeno nítrico es particularmente agresivo, generando deficiencias subclínicas en el cultivo que se traducen en frutos de menor firmeza y menor vida de anaquel. En escenarios sin manejo temprano, la reducción del rendimiento comercial puede oscilar entre 20 y 25%, con un impacto directo en la proporción de fruta exportable.

Portulaca oleracea, a menudo subestimada por su hábito rastrero, presenta una notable tolerancia a la sequía y una alta capacidad de rebrote. Su presencia continua sobre la superficie del sustrato reduce la eficiencia de los fertilizantes aplicados vía fertirriego, incrementando las pérdidas por volatilización y lixiviación superficial. En plantaciones jóvenes, se ha observado una correlación directa entre su cobertura y una menor tasa de establecimiento, retrasando la entrada en plena producción hasta un ciclo adicional.

Las gramíneas anuales como Echinochloa colona y Digitaria sanguinalis introducen un problema adicional: su arquitectura radical profunda interfiere con la distribución homogénea del agua, generando zonas de estrés hídrico intermitente. Este estrés, aunque leve, afecta la sincronía de floración y la uniformidad del cuajado, dos variables críticas para maximizar el rendimiento por hectárea.

Implicaciones en el manejo sanitario y productivo

El manejo de malezas en arándano no puede abordarse como una práctica aislada. Forma parte de una estrategia de sanidad vegetal que busca preservar la eficiencia fisiológica del cultivo. La interferencia temprana, especialmente durante los primeros 60 días posteriores a la brotación, tiene efectos acumulativos que se reflejan en el número final de frutos por planta. Ensayos realizados entre 2023 y 2024 en sistemas comerciales de México indican que parcelas con control oportuno presentan incrementos de 12 a 18% en rendimiento total, comparadas con aquellas donde el control se retrasa más de cuatro semanas.

La complejidad aumenta en sistemas orgánicos o de bajo impacto químico, donde las opciones de control son limitadas y el error se paga caro. La selección inadecuada de acolchados, por ejemplo, puede favorecer especies adaptadas a condiciones de baja luminosidad, desplazando el problema en lugar de resolverlo. Asimismo, el uso indiscriminado de herbicidas no selectivos incrementa el riesgo de fitotoxicidad, dada la sensibilidad del arándano a residuos en el suelo y en el agua de riego.

Desde una perspectiva productiva, las malezas también influyen en los costos operativos. El aumento en mano de obra, la necesidad de aplicaciones repetidas y la disminución en la eficiencia del riego y la fertilización reducen el margen neto del cultivo. En un contexto donde la rentabilidad depende de altos rendimientos y calidad consistente, tolerar la presencia de malezas equivale a aceptar una pérdida estructural de competitividad.

Comprender la biología y el comportamiento de las principales malezas del arándano en México permite anticipar su impacto y dimensionar correctamente el riesgo que representan. No se trata de erradicarlas de forma absoluta, sino de mantenerlas por debajo de umbrales donde su influencia sobre el rendimiento esperado y la sanidad del cultivo sea irrelevante. Ignorar esta dinámica no solo compromete la productividad del ciclo actual, sino que condiciona negativamente la sostenibilidad del sistema en los años por venir.

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