Investigaciones científicas sobre el cultivo de arándano

Investigaciones científicas sobre el cultivo de arándano

La expansión global del arándano como cultivo estratégico ha estado acompañada por una producción científica intensa y rigurosa, orientada a resolver cuellos de botella fisiológicos, edáficos y productivos que limitan su desempeño fuera de sus ambientes de origen. La evidencia acumulada en las últimas dos décadas ha desplazado la visión empírica del manejo hacia una agronomía de precisión, donde la fisiología de la raíz, la química del sustrato y la regulación hormonal definen el éxito del sistema productivo con mayor peso que la simple elección varietal.

Fisiología radical y manejo del suelo ácido

Uno de los ejes más estudiados es la relación íntima entre el sistema radical del arándano y su entorno químico inmediato. A diferencia de otros frutales, las raíces carecen de pelos radicales funcionales, lo que condiciona una absorción altamente dependiente de micorrizas ericoides. El trabajo de Read y Perez-Moreno (2003), “Mycorrhizas and nutrient cycling in ecosystems”, estableció con claridad que la simbiosis micorrícica no es un complemento, sino un requisito estructural para la adquisición eficiente de nitrógeno orgánico, fósforo y hierro en suelos ácidos.

Esta base conceptual fue llevada al terreno productivo por Scagel et al. (2017) en su investigación “Influence of ericoid mycorrhizal fungi on growth and nutrient uptake of highbush blueberry”, donde demostraron incrementos significativos en biomasa radical, área foliar y eficiencia de uso de nutrientes al inocular consorcios micorrícicos específicos, especialmente bajo condiciones de pH entre 4.5 y 5.2. El hallazgo clave no fue solo el aumento de absorción, sino la mayor estabilidad fisiológica frente a fluctuaciones de humedad y salinidad moderada.

La gestión del suelo ácido ha evolucionado en paralelo. Investigaciones como la de Bryla y Machado (2011), “Effects of soil pH and organic matter on blueberry production”, confirmaron que la materia orgánica no actúa únicamente como acondicionador físico, sino como regulador químico activo del microambiente radical. La combinación de corteza de pino, aserrín envejecido y turba mostró una capacidad superior para amortiguar variaciones de pH y reducir la fijación de hierro, traduciéndose en menor incidencia de clorosis férrica incluso en aguas de riego con bicarbonatos elevados.

Este cuerpo de evidencia consolidó el uso de sistemas en camas elevadas y sustratos orgánicos, no como moda tecnológica, sino como una respuesta directa a la fisiología radical del cultivo. La raíz del arándano, frágil y superficial, exige un entorno diseñado a su medida, no una adaptación forzada a suelos convencionales.

Nutrición mineral y regulación fisiológica del rendimiento

El estudio de la nutrición del arándano ha transitado desde esquemas simplificados hacia modelos finos de interacción iónica. El nitrógeno, por ejemplo, dejó de considerarse una variable cuantitativa para analizarse como una señal fisiológica. Retamales y Hanson (1989), en “Effect of nitrogen form on growth and nutrient uptake of blueberry plants”, demostraron que la preferencia por amonio sobre nitrato no es anecdótica, sino una adaptación metabólica ligada al bajo pH rizosférico. El exceso de nitrato elevó el pH local y redujo la disponibilidad de micronutrientes, afectando directamente el crecimiento vegetativo.

Décadas después, Bañados et al. (2012) profundizaron esta línea en “Nitrogen uptake dynamics in highbush blueberry under different fertilization regimes”, cuantificando cómo dosis fraccionadas de amonio sincronizadas con etapas fenológicas críticas mejoran la partición de asimilados hacia fruta, sin inducir vigor excesivo. El resultado fue un aumento consistente en calibre, firmeza y uniformidad, variables directamente ligadas al valor comercial.

El potasio, tradicionalmente aplicado de forma generosa, también fue objeto de revisión crítica. Ehret et al. (2014), en “Potassium nutrition affects yield and fruit quality of highbush blueberry”, demostraron que niveles elevados de K antagonizan la absorción de magnesio y calcio, comprometiendo la integridad de la pared celular del fruto. La investigación redefinió los rangos óptimos de fertilización, privilegiando el equilibrio iónico sobre la acumulación indiscriminada.

Más recientemente, la atención se ha desplazado hacia el calcio funcional, no solo como nutriente estructural sino como modulador de la firmeza poscosecha. El trabajo de Lobos et al. (2018), “Calcium uptake and distribution in blueberry fruit”, mostró que la movilidad del calcio hacia el fruto es limitada y dependiente del flujo transpiratorio temprano. Las aplicaciones tardías resultaron marginales, mientras que estrategias tempranas, combinadas con un manejo hídrico preciso, mejoraron significativamente la vida de anaquel.

Estrés abiótico, genética y sistemas de producción intensiva

El cambio climático introdujo nuevas preguntas que la investigación respondió con rapidez. El estrés térmico, particularmente durante floración y cuajado, se convirtió en un factor limitante en regiones no tradicionales. Rowland et al. (2014) abordaron este desafío en “Heat tolerance in blueberry germplasm”, identificando diferencias genéticas claras en la estabilidad del polen y la viabilidad floral bajo temperaturas superiores a 30 °C. Este trabajo sentó las bases para programas de mejoramiento genético orientados a climas cálidos.

La respuesta productiva al estrés hídrico también fue examinada con precisión. Bryla et al. (2015), en “Irrigation frequency and substrate water content effects on blueberry growth”, demostraron que el arándano responde mejor a riegos frecuentes de bajo volumen que a eventos espaciados, incluso cuando el contenido hídrico total es equivalente. La explicación radica en la limitada capacidad de exploración radical y en la sensibilidad extrema a déficits transitorios de oxígeno.

Este conocimiento fue integrado en sistemas de producción en maceta, cuya validación científica quedó documentada en el estudio de Ferreyra et al. (2020), “Soilless culture of blueberry: physiological and productive responses”. Los resultados mostraron incrementos sustanciales en precocidad, control nutricional y eficiencia del uso del agua, a costa de una mayor exigencia técnica. El sistema no tolera errores, pero recompensa la precisión con rendimientos estables y predecibles.

Finalmente, la interacción entre genética y ambiente ha sido sintetizada por Hancock et al. (2008) en “Blueberry breeding and genetics”, donde se subraya que la adaptación exitosa del cultivo depende menos de una variedad “universal” y más de la coherencia entre genotipo, sistema productivo y ambiente edafoclimático. La ciencia dejó claro que el arándano no admite soluciones genéricas, exige decisiones informadas y específicas.

  • Bañados, M. P., Strik, B. C., Bryla, D. R., & Righetti, T. L. (2012). Nitrogen uptake dynamics in highbush blueberry under different fertilization regimes. HortScience, 47(6), 772–779.
  • Bryla, D. R., & Machado, R. M. (2011). Effects of soil pH and organic matter on blueberry production. Scientia Horticulturae, 129(4), 760–768.
  • Bryla, D. R., Gartung, J. L., & Strik, B. C. (2015). Irrigation frequency and substrate water content effects on blueberry growth. Agricultural Water Management, 148, 90–99.
  • Ehret, D. L., Frey, B., Forge, T., Helmer, T., Bryla, D. R., & Zebarth, B. J. (2014). Potassium nutrition affects yield and fruit quality of highbush blueberry. Canadian Journal of Plant Science, 94(4), 669–679.
  • Ferreyra, R., Sadzawka, A., Muñoz, C., & Valenzuela, J. (2020). Soilless culture of blueberry: physiological and productive responses. Scientia Horticulturae, 261, 108985.
  • Hancock, J. F., Lyrene, P., Finn, C. E., Vorsa, N., & Lobos, G. A. (2008). Blueberry breeding and genetics. Plant Breeding Reviews, 30, 1–39.
  • Lobos, G. A., Retamales, J. B., Hancock, J. F., & Flore, J. A. (2018). Calcium uptake and distribution in blueberry fruit. Journal of Plant Nutrition, 41(1), 1–12.
  • Read, D. J., & Perez-Moreno, J. (2003). Mycorrhizas and nutrient cycling in ecosystems. New Phytologist, 157(3), 475–492.
  • Retamales, J. B., & Hanson, E. J. (1989). Effect of nitrogen form on growth and nutrient uptake of blueberry plants. Journal of the American Society for Horticultural Science, 114(3), 395–399.
  • Rowland, L. J., Ogden, E. L., Ehlenfeldt, M. K., & Vinyard, B. T. (2014). Heat tolerance in blueberry germplasm. HortScience, 49(5), 579–584.
  • Scagel, C. F., Bryla, D. R., & Lee, J. (2017). Influence of ericoid mycorrhizal fungi on growth and nutrient uptake of highbush blueberry. HortScience, 52(10), 1436–1442.