Fisiología vegetal del cultivo de arándano

Fisiología vegetal del cultivo de arándano

Conocer la fisiología del arándano permite al manejo agronómico alinearse con los procesos que gobiernan crecimiento y rendimiento, desde la fotosíntesis hasta la respiración, la arquitectura del dosel y la dinámica radicular del arándano, evitando decisiones empíricas que limitan la eficiencia del sistema productivo.

Ese entendimiento explica cómo la fenología sincroniza demanda y oferta de carbono, cómo la partición de asimilados define número y calibre de fruto, y por qué el estrés abiótico altera señales hormonales y absorción nutrimental, con ello se ajustan riego, nutrición y poda para sostener tasas metabólicas óptimas y expresar el potencial genético sin comprometer calidad ni vida postcosecha.

Procesos fisiológicos

La fisiología vegetal del arándano define, con precisión casi quirúrgica, el rendimiento, la calidad de fruta y la estabilidad productiva del cultivo. Cada proceso fisiológico responde a señales ambientales y de manejo que interactúan a escala celular, tisular y de planta completa, por lo que comprenderlos deja de ser académico y se vuelve operativo. El arándano no perdona simplificaciones: su metabolismo está afinado para suelos ácidos, climas templados y balances hídricos finos, y cuando alguno de esos factores se desajusta, la planta lo comunica con crecimiento errático, aborto floral o fruta inconsistente.

Dinámica fotosintética y respiratoria

La fotosíntesis del arándano presenta tasas moderadas comparadas con otros frutales, típicamente entre 6 y 10 µmol CO₂ m⁻² s⁻¹ en condiciones óptimas, cifra reportada de manera consistente en estudios recientes realizados en sistemas de alta densidad bajo fertirrigación controlada. Esta aparente modestia no es una limitante, sino una adaptación fisiológica ligada a hojas con baja conductancia estomática y una eficiencia elevada en ambientes de radiación difusa. El intercambio gaseoso responde de forma muy sensible a la temperatura foliar, con un óptimo estrecho entre 18 y 24 °C, fuera del cual la asimilación neta cae de forma abrupta.

Esa eficiencia fotosintética solo se sostiene cuando el aparato estomático mantiene un equilibrio fino entre apertura y control hídrico. El arándano prioriza la conservación de agua sobre la maximización de carbono, una estrategia coherente con su sistema radical superficial y poco suberizado. Por ello, déficits hídricos breves generan cierres estomáticos rápidos, reduciendo la fijación de carbono antes de que se manifieste marchitez visible. Aquí aparece un punto crítico de manejo: el estrés hídrico leve, repetido, reduce la acumulación de reservas sin mostrar síntomas claros, una trampa fisiológica para el productor confiado.

La respiración completa el balance energético y cobra especial relevancia en noches cálidas. A temperaturas nocturnas superiores a 18 °C, la respiración oscura incrementa su tasa, consumiendo carbohidratos destinados a crecimiento y fructificación. Este fenómeno explica, con más contundencia que cualquier discurso genérico, la pérdida de firmeza y calibre observada en regiones con primaveras cálidas y noches mal ventiladas. No es magia, es bioquímica aplicada al campo.

Absorción nutrimental y transporte interno

El sistema radical del arándano es fisiológicamente singular. Carece de pelos absorbentes funcionales y depende de una simbiosis íntima con micorrizas ericoides, responsables de hasta 80% de la absorción de nitrógeno y fósforo en suelos ácidos. Esta dependencia no es opcional; cuando el pH supera 5.5, la eficiencia micorrízica cae y con ella la nutrición mineral, aunque el suelo esté cargado de nutrientes. La fisiología no negocia con análisis químicos mal interpretados.

El nitrógeno es absorbido preferentemente como amonio (NH₄⁺), no por capricho, sino porque su metabolismo está ajustado a ambientes con baja nitrificación. El exceso de nitrato induce desbalances hormonales, crecimiento vegetativo laxo y una reducción documentada en la diferenciación floral. Estudios de 2023 en plantaciones comerciales mostraron que relaciones NH₄⁺:NO₃⁻ superiores a 70:30 optimizan el área foliar funcional sin comprometer la carga reproductiva, un dato incómodo para esquemas de fertilización genéricos.

Una vez absorbidos, los nutrientes se movilizan a través del xilema y floema siguiendo gradientes de demanda metabólica. El calcio, por ejemplo, se transporta casi exclusivamente vía xilema, lo que explica su baja concentración en el fruto y su sensibilidad a fluctuaciones hídricas. No es casualidad que la firmeza del arándano esté más correlacionada con la estabilidad del flujo transpiratorio que con la dosis aplicada de calcio. La fisiología vuelve a poner orden donde la receta falla.

Regulación hormonal y desarrollo reproductivo

El crecimiento del arándano está gobernado por una coreografía hormonal precisa. Las auxinas dominan la elongación de brotes jóvenes, mientras las citoquininas regulan la actividad meristemática y el balance fuente-demanda. Sin embargo, el eje más determinante para la productividad es la interacción entre giberelinas y ácido abscísico, especialmente durante la transición de yema vegetativa a floral. Un exceso de giberelinas, inducido por fertilización nitrogenada tardía, retrasa la inducción floral y compromete la floración del siguiente ciclo.

Durante la floración, la fisiología reproductiva del arándano exhibe una sincronía delicada entre viabilidad del polen, receptividad estigmática y temperatura ambiente. Rangos térmicos por debajo de 10 °C reducen la elongación del tubo polínico, mientras temperaturas superiores a 28 °C acortan la vida útil del estigma. Ensayos publicados entre 2024 y 2025 confirman reducciones de hasta 35% en el cuajado cuando estos umbrales se superan de forma recurrente, incluso con polinización asistida.

El cuajado y crecimiento del fruto dependen de una señal hormonal dominada por auxinas y giberelinas producidas por las semillas en desarrollo. Cada semilla es un microcentro hormonal, y su número define el potencial de tamaño final. Por eso, una polinización deficiente no solo reduce el número de frutos, sino que limita su calibre de forma fisiológicamente irreversible. El arándano no engorda por decreto, engorda por señal hormonal.

A medida que el fruto avanza hacia la maduración, el ácido abscísico incrementa su concentración, coordinando la acumulación de azúcares, la degradación de clorofilas y la síntesis de antocianinas. En 2023 se documentó que incrementos controlados de estrés hídrico moderado en precosecha elevan la concentración de antocianinas hasta en 15%, sin penalizar rendimiento, siempre que la planta tenga reservas suficientes. Aquí la fisiología deja claro que el estrés, bien entendido, puede ser una herramienta y no un enemigo.

La respiración del fruto, de tipo no climatérico, mantiene tasas relativamente estables, lo que explica la limitada respuesta a etileno y la importancia de cosechar en el punto fisiológico exacto. Una vez separado de la planta, el margen de maniobra es mínimo. La calidad final ya fue escrita en los procesos fisiológicos previos, no en la cámara fría.

Comprender estos procesos no es un ejercicio teórico, es una ventaja competitiva. El arándano responde con precisión matemática a quien entiende su fisiología y castiga, con la misma precisión, a quien la ignora.

Estados fenológicos

La fenología del arándano constituye la columna vertebral de su manejo agronómico, porque define con precisión cuándo la planta demanda energía, agua, nutrientes y regulación hormonal. En este cultivo perenne, cada estado fenológico es la expresión visible de procesos fisiológicos complejos que se activan en respuesta a señales térmicas, fotoperiódicas y endógenas. La escala BBCH permite ordenar esa complejidad en una secuencia lógica y comparable entre regiones productoras, variedades y sistemas de manejo, lo que la convierte en una herramienta técnica indispensable para la toma de decisiones de alto impacto productivo.

En Vaccinium spp., la fenología no avanza de forma lineal sino escalonada, con solapamientos fisiológicos que obligan a interpretar cada estado como una ventana dinámica y no como una fecha fija. Esta característica explica por qué errores de sincronía —fertilizar, podar o regular riego fuera del momento fisiológicamente correcto— generan pérdidas de rendimiento difíciles de revertir en la misma temporada. Entender la escala BBCH en arándano implica leer la fisiología en tiempo real, no memorizar números.

Inducción y diferenciación: el origen fisiológico del ciclo productivo

El ciclo fenológico del arándano inicia mucho antes de que la yema sea visible. Durante el verano y otoño previos, la planta entra en la fase BBCH 00–09, donde ocurre la inducción floral, proceso altamente dependiente del balance fuente–sumidero y del estado nutricional del tejido vegetativo. En esta etapa, la acumulación de carbohidratos de reserva, principalmente almidón en raíces y corona, define la capacidad de brotación posterior. Estudios fisiológicos recientes muestran que plantas con niveles de reservas inferiores al 20% del peso seco radical presentan brotaciones irregulares y asincronía floral en la siguiente primavera.

La transición hacia la endodormancia está regulada por la disminución del fotoperiodo y el descenso térmico progresivo. En términos BBCH, la yema pasa de estado latente a reposo profundo sin cambios morfológicos evidentes, pero con intensa actividad hormonal interna. El aumento relativo de ácido abscísico y la reducción de giberelinas activas bloquean la elongación celular, protegiendo los meristemos. En cultivares de arándano alto, los requerimientos de frío oscilan entre 200 y 1 200 horas frío, dependiendo del genotipo, rango que sigue siendo crítico en regiones subtropicales con inviernos cada vez más erráticos.

La salida de la dormancia, BBCH 09–10, se produce cuando se satisface el requerimiento de frío y se acumulan unidades calor suficientes. Fisiológicamente, se reactiva la respiración mitocondrial, aumenta la actividad de invertasas y se movilizan azúcares hacia las yemas. Este momento marca un punto de no retorno; a partir de aquí, cualquier estrés hídrico o nutricional se traduce en pérdida directa de potencial productivo.

Brotación, floración y cuajado: sincronía metabólica y reproductiva

La fase BBCH 11–59 abarca desde la brotación vegetativa hasta la floración plena, y representa el periodo de mayor demanda metabólica del ciclo. En BBCH 11–19, la expansión foliar depende de la eficiencia fotosintética temprana; hojas pequeñas o cloróticas reducen la provisión de asimilados justo cuando las yemas florales comienzan su desarrollo interno. Aquí, la disponibilidad de nitrógeno amoniacal, el pH ácido del rizosfera y la conductividad eléctrica controlada determinan la velocidad de crecimiento.

La floración, BBCH 60–69, es un proceso extremadamente sensible a la temperatura. Valores inferiores a 10 °C ralentizan la elongación del tubo polínico, mientras que temperaturas superiores a 28 °C reducen la viabilidad del polen. Datos experimentales publicados entre 2023 y 2024 indican que desbalances térmicos durante floración pueden reducir el porcentaje de cuajado hasta en un 35%, incluso en presencia de polinizadores eficientes. Desde la fisiología, el cuajado exitoso requiere una coordinación precisa entre auxinas, citoquininas y azúcares solubles en el ovario.

Durante BBCH 71–79, el fruto en desarrollo actúa como el principal sumidero, desplazando recursos desde brotes y raíces. La división celular temprana, que ocurre en las primeras dos a tres semanas postfloración, define el tamaño final del fruto; cualquier restricción hídrica en este periodo tiene efectos irreversibles. La fisiología del arándano es clara en este punto: el tamaño no se corrige después, solo se confirma.

Crecimiento, maduración y senescencia: cierre del ciclo fisiológico

El crecimiento del fruto en BBCH 81–89 está dominado por la expansión celular, regulada por la turgencia y la elasticidad de la pared celular. El transporte de calcio vía xilema, aunque limitado en el arándano, sigue siendo crítico para la firmeza del fruto. Investigaciones recientes señalan que concentraciones foliares por debajo de 0.4% se asocian con mayor incidencia de ablandamiento prematuro y menor vida de anaquel, incluso bajo manejo poscosecha óptimo.

La maduración implica una reprogramación metabólica profunda. La degradación de clorofilas, la síntesis de antocianinas y el aumento de azúcares solubles totales ocurren de forma coordinada. En BBCH 85–89, la respiración del fruto se incrementa y el equilibrio entre síntesis y degradación determina la calidad organoléptica. A diferencia de frutos climatéricos, el arándano no presenta un pico respiratorio marcado, lo que hace que el momento de cosecha sea una decisión estrictamente fenológica y no posfisiológica.

Tras la cosecha, la planta entra en BBCH 91–97, fase de senescencia foliar y recarga de reservas. Lejos de ser un periodo pasivo, aquí se define la productividad futura. La retranslocación de nutrientes desde hojas hacia órganos perennes depende de una senescencia ordenada; defoliaciones prematuras por estrés o enfermedades reducen significativamente la acumulación de reservas. Ensayos realizados en sistemas intensivos en 2024 muestran reducciones de hasta 18% en floración la temporada siguiente cuando la senescencia ocurre de forma abrupta.

El cierre del ciclo fenológico en arándano no es un final, sino una transición. La fisiología vegetal vuelve a concentrarse en la supervivencia, el almacenamiento y la preparación silenciosa del siguiente ciclo. La escala BBCH, aplicada con criterio fisiológico, permite anticipar estos procesos y manejar el cultivo con precisión quirúrgica, donde cada intervención responde a un estado funcional real y no a un calendario genérico.

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